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domingo, 11 de octubre de 2015

Mi origami el esqueleto


Había una vez una joven que desobedeció a su padre. Este, como castigo, la arrojó por un acantilado. Pero la chica no murió: se transformó en una especie de espectro de las aguas, semiviva, sometida a los helados vaivenes de las olas, condenada a habitar las profundidades gélidas y oscuras del lecho marino. Una especie de zombie espantoso, que asustaba a cuanto ser la viese, fuera del agua o de la tierra. 

Y había un pescador. 

Un frágil pescador que salía cada día con su botecito y su red a pescar. Todos los días lo mismo: si pescaba, comía. Y si no, había que esperar al día siguiente. 
El caso es que un día, como todos los días de su vida, el pescador se hizo a la mar, eligió un lugar y tiró sus redes. Justo en el lugar por donde el cuerpo de la Mujer Esqueleto era mecido por la corriente. El pescador sintió el pique, las redes poniéndose muy tensas. Caramba, dijo, al fin pesco algo grande, ahora sí que voy a tener para comer. Es más, pensaba excitado, quizás hasta pueda aprovisionarme y ahorrarme de salir a la mar por varios días. Empezó a recoger la red, tenía que hacer mucha fuerza. 

Menudo susto se pegó cuando vio lo que le traía la red: sobre su barcaza se asomaba un brazo mitad hueso mitad garra, espantoso y semihumano. Un terror incontrolado se apoderó del pescador, que instintivamente soltó la red y agarró los remos. Empezó a dirigirse con desesperación a la costa. Tanto era su temor, que no se dio cuenta que la red había apresado esa inesperada y horrible figura, y que no se había soltado. Así fue el pescador hasta la playa, mirando por sobre el hombro para atrás. Con las olas, el cuerpo de la Mujer Esqueleto se asomaba cada tanto, y el hombre en su terror se sentía perseguido por semejante espectro. Se bajó a los tropezones de la barca y corrió hasta su choza. No se dio cuenta que su pie estaba enredado con los hilos de la red y que, en su huída, seguía arrastrando detrás de sí a su presa. 

Entró jadeando a su choza: ahí se sintió más protegido. Encendió el fuego para quitarse el frío y la humedad. Entonces la vio. La Mujer Esqueleto estaba ahí tirada, toda despatarrada, los huesos salidos de lugar, con animalitos marinos saliéndole de las cuencas de los ojos, fea y desarmada. Superó el terror y las ganas de gritar y se animó a mirarla. Poco a poco fue entendiendo lo que había pasado. Mientras tanto, la Mujer Esqueleto no salía de su asombro: hacía tanto que no estaba afuera del agua, en contacto con un humano. Tenía miedo de moverse para no seguir asustando al pescador. Y así se quedó quietita, deseando no volver a ser arrojada a su no-vida, a la nada. 

El pescador tuvo un extraño impulso. Se sobrepuso al rechazo y empezó a sentir curiosidad y ternura por ese ser tan horripilante pero a la vez desvalido. Se acercó y la fue desenredando despacito. Le acomodó los huesos y el pelo, y la sentó en un rincón cercano al fuego. Comió algo y le acercó a la mujer, casi amorosamente, un poco de pescado crudo. La mujer lo comió. Hacía siglos que no comía, era tanta la gratitud que sentía todo el tiempo. 

Después, el pescador se acurrucó junto al fuego. Se tapó con sus pieles y se quedó dormido, agotado por la experiencia que acababa de vivir. La Mujer Esqueleto lo miró por mucho tiempo, feliz de estar ahí, conformándose con ese momento que deseaba eterno. Pero al rato el hombre empezó a quejarse y llorar, como siempre lloran los hombres, sólo en sueños. Y se arrastró despacio y en silencio hacia donde dormía el pescador. Se recostó al lado suyo y bebió sus lágrimas, muerta de sed de agua dulce y profunda. Sin saber bien lo que hacía, se pegó a ese varón dormido y le arrancó el corazón. Para darle calor se lo puso en el pecho. Y ahí sucedió el milagro: la carne empezó a rodearle los huesos, y la piel recubrió sus músculos. Volvieron a salirle los senos y la rajadura del sexo. Se animó a recostarse al lado del pescador que seguía profundamente dormido, arropados los dos debajo de las mantas. Le devolvió el corazón y lo abrazó con un calor nuevo y feliz, de mujer. Así durmieron juntos toda esa larga noche. 

Y desde entonces, no se han vuelto a separar. 

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