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viernes, 23 de enero de 2015

Mi origami la pulsera de calavera

En un parque residencial, jugaban un grupo de niños a las escondidas en una tarde de verano. Angélica era una niña que llevaba en la mano una pulsera con la cabeza de una calavera, entre otros accesorios. La joya tenía un valor especial en el corazón de la niña pues era un regalo de su madre. Así era ella, llevaba puesto todo lo que le gustaba aprovechando que la mamá trabajaba. Regresando a su casa, Angélica se dio cuenta que le faltaba la pulsera que su mamá le regaló en su último cumpleaños. En la pulsera estaba grabado su nombre y decía también: “Para Angélica, la mejor hija”. La angustia la invadió al punto de regresar corriendo sin fijarse al cruzar la pista. Buscó y rebuscó en el parque desesperadamente antes de que se hiciera de noche y sea demasiado tarde, pero nunca la encontró. El dolor no era en sí por la pérdida de la pulsera sino porque su madre regresaría pronto de trabajar y no quería decepcionarla.
Ella le dijo que no sacara la pulsera cuando saliera a jugar en el parque y que debía usarla en ocasiones especiales solamente. Pero como muchos niños, ella no hizo caso y desobedeció. Cansada de buscar la pulsera, pensó en regresar a la casa. Fue muy difícil, pero con mucha pena Angélica tuvo que decir la verdad. Sabía del esfuerzo que su mamá hizo para comprarle aquel regalo y de lo triste que iba a sentirse. La madre, enterada de todo, dijo a su hija: “Hiciste mal en desobedecerme, pero lo mejor de todo es que haz dicho la verdad  y que nada malo te sucedió. Lo material no es tan importante pero espero que aprendas la lección y no vuelvas a hacerlo. Haz siempre lo correcto pase lo que pase. Cuando crezcas me lo agradecerás algún día”, dijo con ternura la madre.

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